
VIENTOS DE CAMBIO
Francisco Gómez Maza
El Faraón muere de pánico
Los pueblos, muy cansados
Decía hace unos días el dirigente de la Revolución cubana, el comandante Fidel Castro Ruz: “La suerte de Hosni Mubarak está echada”. Y yo agrego: no por obra y gracia de Alá ni de Mahoma. Por decisión del pueblo cansado del Faraón. Egipto se parece mucho a México. En lo fundamental. Dos pueblos sojuzgados por regímenes dictatoriales. La de los faraones, frente a la del partido único, que no fue exterminada por el arribo “democrático” (¿?) de la derecha. Ésta aprendió muy rápido los abusos y costumbres del llamado Partido Revolucionario Institucional. La dictadura perfecta de Mario Vargas Llosa. El gatopardo en toda la dimensión de su sentido. “Cambio” para que nada cambie.
En 1910 estalló “La Bola” en México; algo llamado “revolución”. Pero sólo fue un “quítate tú para que me ponga yo”. Una revolución abortada. Los cambios fueron estruendosos - estatización del petróleo, de la energía eléctrica; construcción de infraestructura; democratización de los servicios de educación, salud, seguro social, pero los resultados, magros. Petróleo electricidad - sus abultadas ganancias desperdiciadas y mal usadas - volvieron a manos de los magnates del llamado sector privado; la infraestructura sirvió para beneficiar a los detentadores de los grandes medios de producción, y los servicios fueron ineficientes, o para justificar pingües presupuestos, o para formar generaciones de sirvientes. También la industria petrolera fue ineficiente, por cierto. Y ahora, en medio de la vorágine de la propaganda guebeliana, de la mediática maclujiana, estamos como en el principio. En el principio era el verbo, y de puro verbo ha vivido por años el mexicano.
En México no hay un faraón llamado Mubarak. En México reina un tlatoani que cambia de piel cada seis años. Pero sólo cambia de piel. El músculo y los huesos son los mismos. Un tlatoani puesto para proteger los intereses de las clases explotadoras de la mano de obra de millones, a quienes se ofrece pan y circo, gracias a la manipulación espiritual del clero herencia de los misioneros españoles; gracias a la manipulación de los medios maclujianos principalmente la televisión, para crear un país de las maravillas; de blanquitos, de gringuitos, de mujeres “palacio”, para mantener las ilusiones masivas.
El pueblo egipcio tomó la decisión de salir a la calle. Ya ganó. Nada volverá a ser igual en esos dominios en manos de la sombra fantasmagórica de los Ramsés. Un pueblo oprimido por siglos. Un pueblo sojuzgado por las clases poderosas. Un pueblo que ha dicho “¡Basta!” Obviamente, Mubarak no dejará el poder fácilmente. Argumenta que sería el caos, sin querer darse cuenta que el caos lo creó él, y que Egipto siempre ha vivido en el caos, en el desorden en las relaciones de producción. El abismo entre los pocos que lo tienen todo y los millones que carecen de lo estricto. Eso es el caos. Es el caos de México con sus, digamos, 35 mil muertos en la guerra de la delincuencia organizada. El caos de la corrupción y la impunidad. El caos que generan los poderosos en el diario vivir de los desposeídos.
Los observadores y analistas, desde las posiciones del poder, parecen confundidos. A los egipcios no los inspira ni Alá ni Mahoma; ni los grandes maestros de la ortodoxia islámica, o los fundamentalistas iraníes. Puede ser que los inspire Moisés, el líder de los israelitas liberados, luego de 40 años de esclavitud, del yugo de Ramsés II y que lo postraron en las aguas del Mar Rojo. (Aclaro: los israelitas de entonces nada tienen que ver con los judíos de ahora). Una conciencia plena de su urgencia de liberación. El cansancio de siglos de ser sólo servidumbre.
En México, la concentración del ingreso es salvaje. Las mejores oportunidades son para quienes lo tienen todo. Muchos cientos de miles de mexicanos se han ido a las filas de la delincuencia organizada. Se han ido por hambre. Se han enrolado en las bandas porque en ellas, aunque se jueguen la zalea, obtienen más dinero que en un trabajo legal. Los estrategas del gobierno no lo quieren ver así. No lo pueden ver así. Pero tendrían que voltear los ojos a los pueblos musulmanes, manipulados por faraones y fundamentalistas religiosos. Despertados ahora por el cansancio frente a la explotación de la fuerza de trabajo y a la exclusión de los beneficios de la riqueza material, ante las insultante lujuria de sus faraones y jeques. Y… poner las barbas a remojar. Y en serio: “Si ves las barbas de tu vecino recortar…”


