Ni al caso creer que aún existen los que, confunden el derecho con el deber ciudadano, y en el caso del clero, se confunde aún más con la libertad de pensamiento. Al anunciar su oposición a acuerdos de ley por el legislativo del D.F., se enreda en atribuciones que están lejos de su objetivo, que es salvar almas, porque en la práctica lo menos democrático que existe es la iglesia toda, autoritaria, jerárquica e intolerante a todo lo largo de la historia humana en la que le ha tocado participar.
La iglesia no tiene por qué intervenir en asuntos legislativos, aun cuando éstos sean tan básicos, inocuos y apartidistas como la invitación al voto: a Dios lo de Dios, dice en su carta magna, la Biblia.
No protesta por la pobreza, y ni por los excesos del poder, menos porque la gente no crea en la clase política: si bien el abstencionismo es un mal que ha terminado por corromper la viabilidad de los partidos políticos como la mejor respuesta a la demanda social, no es la Iglesia la encargada de promover el ejercicio de los colores, y menos aún, de delinear los generales “que ayuden a la formación de la conciencia para que el cristiano, católico o ciudadano tenga una conciencia bien formada y sepa ejercer su deber”.
Gobernación está dejando demasiado que el clero se entrometa en asuntos ciudadanos, y no es bueno. No ha sido bueno en México y ni lo será.
Al menos los políticos no se han metido hasta la fecha en el intríngulis del clero, ni en sus muy públicos escándalos.
Es evidente que no hay declaraciones en torno a los jóvenes asesinados en Ciudad Juárez, a la pobreza existente, al fracaso de las políticas socioeconómicas: si le quieren entrar a modo, que le entren con todo, pero que también, como cualquiera en la política, que se atengan a las consecuencias.
Están cerca del fuego.
Directora Leticia Hernández Montoya ::: Tuxtla Gutiérrez, Chiapas


