La revelación del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos acerca de que en el país hay por lo menos 33 millones de personas en rezago educativo, ilustra sobre la realidad nacional de pobreza y marginación existente, y derrumba todos los triunfalismos institucionales de desarrollo humano que se puedan presumir en la presente administración.
Porque de nada sirve construir carreteras, fábricas y demás ilusiones si no hay educación, pues de los caminos y el desarrollo sólo se benefician los que tienen más educación.
Esa campaña, que contará con el apoyo de la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, tiene como objetivo dar la oportunidad a que las personas con estudios truncos de primaria o secundaria puedan terminar esos niveles de educación.
¿Y luego qué harán con el papel?
El director general del INEA, Juan de Dios Castro Muñoz, expuso que en nuestro país hay seis millones de analfabetas, 10 millones sin primaria y 17 millones sin secundaria.
En 2005, el porcentaje de hombres mayores de 15 años que no sabían leer ni escribir era de 6.8 por ciento, mientras que en las mujeres alcanzaba 9.8 por ciento, lo cual demuestra la exclusión de la que son objeto las personas del género femenino.
Poco ayudan entonces las determinaciones por decreto. La realidad brutal está ahí, en la cotidianeidad.





