Directora Leticia Hernández Montoya ::: Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

LA QUIMERA ELECTORAL

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Daniel Osvaldo Sánchez
“La burguesía quiere negocios que la minoría científica no ha                                               
de darle. El proletariado, por su parte, quiere bienestar económico        
y dignificación social por medio de la toma de posesión de la tierra y la        
organización sindical, a lo que se oponen por igual el gobierno y los partidos
burgueses”: Ricardo Flores Magón 

Tras el bicentenario y el centenario, amigo lector, es pertinente preguntarnos ¿qué se celebrará ahora? En México la independencia se conmemora cuando fracasó -1810- y pasa casi desapercibida u omitida cuando triunfó -1821-. Hasta principios de los años sesenta del siglo XX, el sistema educativo mexicano cumplió con el cometido para el que fue diseñado, elaborar toda una teoría nacionalista por la que los artífices de la gesta nacional fueron en primer lugar Miguel Hidalgo, el cura párroco de Dolores, y en segundo lugar José María Morelos, el eclesiástico michoacano.
Desde estos parámetros, el análisis de la insurgencia de Hidalgo y Morelos se interpretó desde una caracterización revolucionaria popular, pero también desde la asunción del fracaso debido a, especialmente, la traición por parte del liberalismo -criollo insurgente o gaditano- contra la vertiente marcadamente popular y étnica de la insurgencia.
En esta lectura histórica, se podría pensar que la etapa del México independiente, se caracterizó por aglutinar hábilmente a historiadores de un amplio abanico ideológico, es más, para el caso mexicano fue asumida pronto por una izquierda afanosa de ver en los movimientos de Hidalgo y Morelos la consumación de un ser nacional popular, multirracial, indigenista, levantisco, contestatario, que reunía la verdadera esencia de lo que se construyó como el ser histórico nacional mexicano.
En opinión de algunos historiadores, ésa fue la verdadera independencia mexicana, los verdaderos valores que el criollismo liberal no dejó triunfar en 1810, para imponerse una década después, con planteamientos autoritarios y oligárquicos, que recordaban más al antiguo régimen que a la construcción de uno nuevo. Ésa fue la primera traición al pueblo mexicano, según algunas  historiografías. Traición en la que también estaba implicada la forma de gobierno monárquico y no republicano.
El régimen revolucionario y los partidos políticos
Ahora bien, junto al nacionalismo, otro acontecimiento mayúsculo del México del siglo XX se convirtió en un poderoso haz de luz, que en gran parte condicionó las lecturas historiográficas del siglo diecinueve mexicano, un auténtico sismo que influyó durante décadas de manera muy notable en la “visión” que se tenía o se tiene sobre el siglo XIX mexicano. Ese factor poderosísimo se llama Revolución Mexicana.
Durante muchas décadas, para un amplio espectro de las ciencias sociales y humanas, la Revolución Mexicana se vio como el estereotipo de la “verdadera” Revolución en la Historia de México. A pesar de que la Revolución se hizo en nombre de la democrática Constitución de 1857 y en contra de la dictadura, el paradójico resultado fue que el régimen político emanado de la Revolución también tuvo, desde sus inicios, un marcado sesgo autoritario.
A pesar de que la vida constitucional no fue alterada, el desarrollo de los hechos políticos de los primeros tres lustros de vida revolucionaria sí confirmó un modelo de ejercicio del poder personalizado, vertical y autoritario (la figura del Jefe Máximo de la Revolución durante el Maximato constituye el mejor ejemplo de ese punto), aunque después, con Lázaro Cárdenas, se institucionalizaría en la figura de la Presidencia de la República.
Sin embargo, pensar en partidos políticos en ese contexto, desvinculados del fenómeno del caudillismo o de la manipulación desde el poder, resultaba imposible. Una de las características del sistema de partidos durante el régimen revolucionario fue su inmovilidad o escasa movilidad. Desde 1954 hasta 1979 permaneció invariado: sólo cinco partidos  estuvieron en la arena política (Partido Revolucionario Institucional, Partido Popular Socialista, Partido Acción Nacional, Partido Auténtico de la Revolución Mexicana y Partido Comunista Mexicano).
Se tiene que reconocer, amigo lector, que la incipiente transición a la democracia en México ha pasado, esencialmente, por la modificación de normas e instituciones electorales, así como por la modificación de los sistemas de integración de los órganos representativos, para reflejar en ellos la diversidad política que,  poco a poco, fue asentándose en el territorio nacional.
La profundidad del cambio político centrado en esa lógica de apertura e inclusión del pluralismo ha rendido ciertos frutos: se ha pasado de un país que era prácticamente monocolor y que se caracterizaba por la presencia de un partido hegemónico, a una realidad política multicolor que se reproduce a lo largo y ancho del territorio nacional y en todos los niveles de gobierno. 
Sin lugar a dudas, que la reforma de 1977 tuvo un carácter desencadenante: permitió, por un lado,  que el hasta entonces cerrado, estático y excluyente sistema de partidos se abriera para dar entrada a nuevas fuerzas políticas, con lo que propició y estimuló la creación de la pluralidad política e ideológica; por otro lado, también consistió que los espacios representativos se abrieran, para dar acogida consistente a la oposición e incorporarla decididamente a la vida institucional del Estado.
A pesar de las venturosas transformaciones que trajo el cambio político en el sistema de partidos, mejor conocida como la partidocracia, éstos no gozan de buena fama pública, algo que los diversos estudios de cultura política han venido constatando reiteradamente. Es más, su descrédito se ha acentuado aceleradamente en la última década, al grado de colocarlos -junto con el Congreso de la Unión- en los perores niveles de confianza y aprecio de la ciudadanía. Como siempre le digo, amigo lector, su opinión es la que cuenta, y en esta ocasión usted decide si se suma o no a los mediáticos o electorales festejos de la Revolución. 
Tintero de la quimera
Un asunto que no debe perderse de vista durante este puente largo de la Revolución, es el de los Chimalapas…Por lo pronto,  desde el Congreso del Estado, la voz unánime es que  no  se cederá a presiones, amenazas ni a chantajes, en la búsqueda de solución al problema agrario que se presenta entre comunidades de Chiapas y Oaxaca, en la zona de los Chimalapas… "Los oaxaqueños saben lo que es nuestro, nuestros límites territoriales están muy bien definidos, la remunicipalización seguirá su proceso legislativo", dejó en claro el presidente de la Junta de Coordinación Política, Juan Jesús Aquino Calvo, al subrayar  que ni el Congreso local ni el gobierno estatal tiene la intención de confrontarse con los comuneros de Oaxaca, ni con el gobernador de ese estado, Gabino Cué Monteagudo…”En lo que sí estamos inmersos es en la búsqueda de solución al problema agrario, y para ello se dará continuidad al proceso legislativo para crear un nuevo municipio chiapaneco en la zona noreste de Cintalapa en los límites con los Chimalapas", insistió el coordinador de los diputados del blanquiazul…Ojalá que el puente largo de la Revolución dé cordura a los personajes políticos, para no empañar con turbas y movimientos de inestabilidad social la víspera del periodo Guadalupe, Navidad, Año Nuevo, Reyes, no lo considera así, amigo lector…Hasta la próxima entrega…

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