Directora Leticia Hernández Montoya ::: Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Hoy:

Los restos del naufragio

Rodrigo Núñez de León

Siempre pensé que Raúl Garduño escribía para futuros lectores; vertía largos poemas en botellas que arrojaba a todos los mares y su aliento, más bien su respiración, le permitía realizarlos hasta terminar el oxígeno con que llenaba sus pulmones. Su límite era soltar el verso hasta agotar toda su capacidad expresiva. Sin duda, es como un poeta heroico o un atleta del lenguaje.
Garduño también fue algo así como la conciencia informada de los jóvenes de su tiempo, concretamente la segunda mitad del siglo XX. Vivió y denunció las atrocidades del hombre en varias partes del mundo y aquí el terrible e inolvidable 1968. Cantó la necesidad del amor (fue el primero en decirme que Los Amorosos, de Sabines no significa los amantes) y exigió la fraternidad universal sin olvidar que las mujeres son la vida y el gozo mayor de cualquier hombre.
Raulito, como le llamaba cariñosamente Jaime Sabines, es uno de los tres poetas  que buscaron transformar las caducas expresiones del lenguaje: primero Mancilla introductor del modernismo poético a Chiapas, y el segundo, Armando Duvalier creador de la “Poesía Alquimista”, cuya fórmula me regaló y perdí en alguno de mis cambios de casa.
Repito, Garduño escribía para el futuro, sus poemas aparentaban ser densos y oscuros, pero no eran para los semianalfabetas “lectores” del tiempo que a él le tocó vivir. Garduño requiere de lectores universitarios, o formados y preparados en las disciplinas de la inteligencia cuestionadora, crítica y nada temerosa del qué dirán y más preocupada por el qué hacer o qué harán.
La Universidad Autónoma de Chiapas, por sugerencia de Luis Alaminos Guerrero, su primer Director de Extensión Universitaria, utilizó las capacidades expresivas de la redacción y lectura de Garduño para dar la bienvenida a muchos escritores y artistas famosos que visitaban el estado a invitación de Alaminos y no pocas veces por el poeta Raúl; entre aquellos recuerdo a Efraín Huerta y a José Revueltas. Es curioso o extraño que a un poeta autodidacta le tocara por momentos ser la voz más alta de la conciencia unachense. Pero también recuerdo que Raúl se formó como gran lector bajo el casi tutelaje de un intelectual y poeta sancristobalence llamado Javier Molina (que se tituló en la UNAM con una tesis sobre Jean Paul Sartre; nadita eh) y con Daniel Robles, del que heredó el tono exaltado en el discurso, el mismo poeta que tiempo después fue director del ICACH con el que fundaron el suplemento “El Hombre y su tiempo” en el “Es! diario popular” de mi padrino Gervasio M. Grajales, allá en los años sesenta. Me tocó ser compañero de Raúl Garduño en varias travesías y eventos culturales como hacer suplementos y periódicos. De alguna manera fui su fotógrafo personal: un día le pedí que se dejara crecer el cabello nada más para que luciera melena de poeta decimonónico, él accedió y subimos a lo alto del Cañón del Sumidero y allí me dejó su imagen que con sus poemas nos acompaña y no me permite los desastres del olvido. La barca de Garduño se hundió a los treinta y tres años de vida y si no completó o terminó su obra poética, quedaron los restos del naufragio y algunas botellas aún siguen flotando hasta que ustedes estimado lectorío las encuentren o lleguen a sus playas.

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