Gerardo González Figueroa
Con el levantamiento armado de 1994, la muerte de Colosio quien fuera el candidato a la presidencia de la República por el entonces, poderoso PRI, la muerte del diputado y probable líder de la fracción del mismo PRI a la Cámara de Diputados de ese mismo año 94, hacía suponer que México se acercaba a una llamada “Colombianización” de su vida política y social.
El contexto nos llevaba a considerar que el levantamiento del EZLN como un parteaguas, y efectivamente así fue, pero el mismo presidente Salinas, de alguna manera condujo al país a una polarización sin precedentes. Célebre con su frase dirigida a las críticas del PRD: “Ni los veo, ni los oigo”, menospreciaba la muerte de más de 300 perredistas a lo largo y ancho del país, y como contrapeso la anunciada entrada al “primer mundo”, como resultado de la globalización y la firma del acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá.
Para ello, sus reformas como la del artículo 27, la del 130 y la descentralización de servicios como educación y salud, reflejaban la más grosera intervención de los organismos multilaterales que terminaron por reducir a la mínima expresión la soberanía del país, y el impacto que la llamada sociedad civil y sus organizaciones ganaron en cuanto a la observación electoral y sentar las bases para ciudadanizar las elecciones que no se debe olvidar, habían marcado su propia elección, la de 1988, y por tanto el de haber sido “nombrado” presidente.
El deterioro del país, es pues, resultado del deterioro de un sistema que fue liderado por un priísta que hoy en día sigue teniendo una fuerte influencia en el país, que junto con los empresarios favorecidos por su régimen que le rinden tributo a su forma de hacer política y de acrecentar el poder de unos cuantos que piensan en el país, como un gran territorio para sus negocios.
Este hecho ha permitido que la delincuencia organizada como es el narcotráfico, de armas, y de redes de prostitución infantil y adulta, controle la mayor parte del territorio y que hoy se exprese por el número de muertos, la movilización del sistema de defensa basado en el Ejército y las policías que han socavado las libertades que en teoría debemos de gozar los mexicanos.
Es curioso pero los sucesos del 11 de Septiembre del 2001 en los Estados Unidos y que han repercutido en el mundo, terminaron impactando en nuestro país porque de alguna manera “afectamos” la seguridad del vecino, y porque se ha criminalizado la migración trasnacional y en consecuencia a los mismos movimientos sociales que se expresan en la red (internet) que menos poder de control pueden tener los Estados Unidos.
A nuestros múltiples problemas que al parecer ya no tienen solución como la injusticia, el hambre, la falta de una democracia radical y autónoma, el Estado mexicano va hacia el abismo porque no es capaz de abrir espacios a los ciudadanos que los hagan corresponsables de salidas a este contexto de violencia.
Estamos casi a que el Estado abandone la plaza, sus números no son nada halagadores, no se trata de detener sicarios, lo que en todo caso es sólo un paso, se trata de construir seguridad en el ciudadano que le haga recuperar el espacio público hoy en día cada vez más escaso por los requerimientos de este neoliberalismo rapaz que borra toda posibilidad de expresión desde los diversos grupos sociales y hoy en día han sido pervertidos por toda la clase política.
Si bien no idealizo a la sociedad civil, lo que sí creo es que hoy más que nunca para detener esta carnicería que vive el país, de darle certeza para que no se pierda en la violencia de Estado o de los mismo grupos delictivos, se requiere de recuperar el espacio público, y eso lo puede hacer una mayor participación de la sociedad civil con sus organizaciones y los actores que reconoce como parte de ellos.
La democratización requiere de actores sociales fuertes y comprometidos con un proyecto que priorice nuestros problemas para que al irle dando soluciones, permitirán rebasar de alguna manera a las mafias que hoy en día se han adueñado del país y que excluye a la mayoría.
La violencia es cada vez mayor, no podemos sentirnos seguros sólo porque alguien dice que aquí los indicadores informan que somos los más seguros y aparecen cuerpos, o incluso amenazados.
Transitar por el estado de Chiapas es sortear retenes del ejército, judiciales, migración y en no pocos lugares de asaltantes de carreteras. La violencia se expresa en la medida en que se abandona la plaza y más parece que estamos ante una realidad que debemos ver, aunque nos pinten el verano de colores y paz.
Ante los hechos de violencia, sólo una respuesta consciente y organizada desde la sociedad podrá hacer que no zozobremos, que podamos de alguna manera, aspirar a ese mundo diferente e incluyente.
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