
Arít León Rodríguez
Invisibles
Así parece que se encuentran las mujeres que en México se dedican a realizar el trabajo doméstico como modo de subsistencia.
Siendo 1.8 millones de mujeres en el país las que se dedican a la asistencia higiénica, el número de trabajadoras del hogar equipara al de todos los oficinistas varones del país y es similar al de todos los vendedores ambulantes o maestros, esta cantidad numérica no represente para ellas una ventaja política, económica, laboral o sindical.
De todas las trabajadoras y trabajadores domésticos -por que los hay, en una baja incidencia del 9.2 por ciento- el 93 por ciento está desprovista de asistencia médica, derechos laborales y prestaciones de ley.
Créalo o no, el ingreso generado por quienes se dedican al trabajo doméstico y asistencia en empresas en el mismo rubro llega a alcanzar el 20% del PIB nacional, y aún así, desde la década de los 70´s no tienen apoyo en la legislación laboral de éste país.
Injustamente, se cataloga a las trabajadoras del hogar como ciudadanas de segunda categoría, y abundan los lugares donde son victimas de vejaciones, insultos, golpes y hasta agresiones sexuales, sin respaldo de la ley y de la misma sociedad.
La discriminación sexual y explotación es un tema agreste y venido a menos por los mexicanos, y cuando nos referimos al ordinario cauce de esta función social, las tratamos de sirvientas -por su calidad de servidumbre- gatas, chachas y demás apodos para “ubicar su posición”.
Dándoles tan solo un día libre, se les exigen jornadas laborales de hasta 12 horas diarias, desempeñando funciones de cocineras, aseadoras, lavanderas, guardianas de la casa y hasta nanas, todo por un sueldo ínfimo, que en el promedio nacional alcanza apenas los 2,300 pesos mensuales.
Y ni que decir de la problemática presentada con la contratación - si se puede llamar de esa manera- infantil.
Miles de niños y niñas son prácticamente esclavizados en muchos hogares mexicanos para prestar sus servicios al nivel de un adulto en responsabilidad y esfuerzo físico.
Ciertamente, no pocos saben que al contratarse a niños para hacer trabajos domésticos se violan convenciones de la OIT sobre la edad mínima de admisión al empleo.
Los niños son engañados por los empleadores, de que van a ir a la escuela a cambio de aceptar el trabajo, que recibirán apoyos para vivir dignamente y son arrancados completamente de su núcleo familiar y hasta de las zonas donde viven para trasladarse hasta el lugar donde prestan sus servicios.
En algunos casos se habla de una verdadera trata y tráfico de infantes para usarlos en el trabajo doméstico, pero nadie dice nada.
Acá en nuestro estado, existen personas que han comprado -por que se venden- muchachitas para que vivan de planta en la casa en la que prestan sus servicios y atiendan a sus empleadores las 24 horas del día.
Y de nuevo caemos en la temática de la violencia y agresiones sexuales.
Cuando yo era niña, la vecina de una tía tenia en casa a un niño de origen tzeltal, que realizaba todas las labores domesticas en casa.
Si, le mandaba a la escuela -sin mochila, con cuadernos engrapados y un uniforme reciclado- pero le exigía hasta la atención de sus hijos.
Recuerdo a Juan como un niño inteligente, que me enseño a jugar con hilos y hacer esculturas con las manos, que me platicaba de lo bonito que era su pueblo, que tenía hermanas y hermanos, pero que estaban ubicados en diferentes partes del estado trabajando para varias casas.
Me dolía escuchar cuando le pegaban.
Por que la señora le pegaba, y feo. Yo la odiaba por que Juan realmente no lo merecía, era un buen muchacho y además inteligente.
La mala era la mujer que lo explotaba, por que hasta lo dejaba sin comer y lo hacia dormir en un tapete viejo en el piso.
Créame que hasta el día de hoy no puedo verla y me cae de lo peor.
Pobre Juan, tenia un infierno por vida en esa casa, donde aparte de explotarlo, lo discriminaban, así que un día se fue y nunca más supe de el.
Y es absurdo si vemos la situación en retrospectiva.
Ponemos nuestra casa y familia en manos de una persona a la que deberíamos de tratar con dignidad y respeto pero no lo hacemos.
Nos arriesgamos a que como todo ser humano, se canse de vejaciones y utilice esa agresión contra nosotros mismos.
¿O exagero?
Y bien lo dijo:
La verdadera civilización es aquella en la que todo el mundo da a todos los demás todos los derechos que reclama para sí mismo.
Robert Green Ingersoll
Aura Populis
Pero eso lo digo yo.
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