Directora Leticia Hernández Montoya ::: Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

El riesgo del encuentro

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XVI Domingo Ordinario

+Mons. Enrique Díaz Díaz
Obispo Auxiliar
Diócesis de San Cristóbal de Las Casas

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer?  Dile que me ayude”.
El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”.  (Lc 10,38-42).
Cuestionamientos
“Mis hijos no me escuchan y no sé si yo tengo la culpa”, dice la afligida madre. “No entienden que debo trabajar, que su padre nos abandonó hace muchos años y que con sudor y también, por qué no, con mucho cariño, los he logrado sacar adelante. Pero ya hace algún tiempo que parece que me tienen tomada la medida. Hacen lo que les da la gana y no me escuchan” Su angustia va más allá, pues tiene que seguir trabajando y cada vez descubre más lejos a sus tres hijos y empieza a sospechar que al menos uno de ellos está en grave peligro de volverse drogadicto. ¿Será necesario dejar de trabajar? ¿Cómo podrán entonces sostenerse? Desde hace algunos años sus hijos sólo le hablan para presentar necesidades. Se acostumbraron a su constante ausencia, a las pocas palabras y a la nula comunicación. Ahora no sabe cómo romper este círculo: necesita trabajar más para sostenerlos, pero necesita también recuperar la comunicación.
Mucho ruido, pocas nueces
Muchas veces se ha caracterizado a nuestra época como una época de cambio, de movimiento, de ruido y de banalidad. Vivimos tan de prisa y nos llenamos de tantas cosas que al final nos quedamos vacíos. Nos dejamos llevar por el torbellino de la modernidad, de la precariedad, y acabamos huecos al final. Las lecturas de este día nos invitan al silencio, a la hospitalidad y a la profundización de la palabra. Somos un poco como el diario, tiene valor sólo un instante y segundos  después se ha tornado obsoleto. La imagen de Jesús compartiendo familiarmente con los amigos, dialogando, proponiendo y dejando espacios de comunicación tendría que ser para nosotros un fuerte reclamo a las prisas, los ruidos, las carreras y el activismo que a toda hora nos come y carrerea. Es curioso, parecería que si un solo momento nos detenemos, quedaremos fuera de la vertiginosa carrera de la humanidad. Pero si contemplamos críticamente tanta agitación, parecería que todos van sin saber a dónde pero sí muy de prisa. Parecería que le tenemos miedo al silencio, a la contemplación y a la reflexión. Las palabras de Jesús a Marta son palabras también para nosotros: “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria”.
El riesgo del encuentro
Con frecuencia se ha visto en las dos hermanas como una contraposición de la vida activa y la vida contemplativa y como si las palabras de Jesús condenaran a la primera y privilegiaran la segunda, pero no parece ser la intención de Jesús, sino hacer caer en la cuenta de qué es más importante para la vida del discípulo. Lo que Jesús le dice a Marta no es que esté equivocada al hacer sus quehaceres, sino en la forma de hacerlos y en querer que María también se ponga en actividad frenética. El caso de Marta y María es aprovechado una vez más por San Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Para conocer y amar a Jesús tiene que haber un encuentro y para el encuentro se requiere silencio, apertura y espacios. Es notable cómo las personas pueden durar horas hablando por los medios mecánicos: Internet, teléfono, radio, o Chat, pero son incapaces de entablar una conversación a corazón abierto, frente a frente, con el hermano, el amigo, la mamá o el vecino, o con Dios. Tenemos miedo al encuentro porque todo encuentro, para bien o para mal, tiene sus consecuencias. Todos debemos confesar que en nuestra vida hemos encontrado personas que nos han marcado íntimamente.
El encuentro transforma
Hoy Cristo nos invita a un encuentro con Él, profundo, donde nos tomemos el riesgo de salir “heridos” por su amor. Y vaya que cada persona que ha decidido encontrarse con Él, transforma toda su vida. Así le sucedió a Zaqueo, así le pasó a la samaritana, así también le sucede a María, a todos los que han aceptado ponerse a sus pies y escuchar sus palabras. Marta ha tomado todo el protagonismo: ha hospedado al Señor, le ha servido, se desvive por atenderlo, pero no ha dado espacio a la escucha. Y lo primero que exige Jesús para un encuentro es saber escuchar su palabra. San Ignacio de Antioquía decía que el Verbo divino procede del silencio. Nunca desprecia Jesús el servicio y sería muy equivocado decir que la contemplación está antes que el servicio, pero  también es equivocado afirmar que el solo servicio es amor. Están íntimamente unidos, se requiere el momento de interiorización, pero también de expresión. Sin amor el servicio puede ser protagonismo, puede ser exhibicionismo, puede ser escape al temor de mirar nuestro interior. Miremos a Cristo sirviendo con atención, con caridad, en silencio. Miremos a Cristo hablando a María, discípula que se pone a sus pies, rompiendo todos los esquemas de los maestros tradicionales y abriendo espacios nuevos a la mujer. 
El encuentro en casa
En las relaciones interpersonales esta lección de Jesús tiene también mucha importancia. Hay quienes dicen tener muchos “amigos”, porque pueden bromear, parrandear o hacer negocios con muchas personas, pero a nadie le abren el corazón. Pero ésos no son verdaderos amigos, al amigo se le abre el corazón. Incluso en la pareja a veces no se tiene tiempo para la comunicación aunque se trabaje por el otro, se esté atento a sus necesidades y se conviva con el otro. Es necesario abrir el corazón para escuchar atentamente qué hay en el corazón del hermano. La familia es sin duda la piedra de toque para valorar nuestras relaciones. No es solamente la atención, es la comunicación, el espacio de encuentro, la paciente escucha de quien se siente solo o abandonado. Es necesario aprender a escuchar a los demás en el trabajo, en la escuela, en los grupos, a los pobres… A veces hacemos y hacemos, pero no lo que los otros esperarían de nosotros. A veces nos deshacemos en actividad pero no la importante, no la que quiere Jesús.
Busquemos en estos días un oasis silencioso donde encontrarnos con Dios, con nuestro propio yo y con los hermanos. Necesitamos liberarnos de la prisa, del activismo y de la exterioridad. Hoy, junto a Marta y María, Jesús nos interpela y nos llama a respetar la jerarquía de valores y a poner en su sitio la "opción por lo fundamental": ponernos a sus pies y escuchar su Palabra. Jesús nos invita a que nuestro cristianismo sea un verdadero discipulado y no una disfrazada búsqueda de nosotros mismos. Que hoy podamos escuchar la Palabra de Jesús para después expresarla en el verdadero servicio a los hermanos.
Señor del Encuentro, Señor de la Palabra, danos la disponibilidad y el silencio interior para acoger tu palabra, danos la sabiduría necesaria para valorar nuestras acciones y danos la verdadera humildad para ponernos en tus manos. Amén.

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