Directora Leticia Hernández Montoya ::: Tuxtla Gutiérrez, Chiapas

Con palabras y con obras IV Domingo Ordinario

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Deuteronomio 18, 15-20: “Les daré un profeta y pondré mis palabras en su boca”
Salmo 94: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”
I Corintios 7, 32-53: “El soltero y la soltera se preocupan de las cosas del Señor”
San Marcos 1, 21-28: “No enseñaba como los escribas, sino como quien tiene autoridad”


Indígenas Tarahumaras
Todos hemos sido sacudidos por los medios de comunicación dando las noticias de la situación de los indígenas Tarahumaras. Con notas sensacionalistas asegurando suicidios, hambruna y situaciones desesperadas han logrado despertar la compasión y lástima por aquellos que están lejos de nosotros. ¿Qué hacer? ¿Unas cuantas despensas? El Obispo de la Tarahumara asegura que las noticias dadas así, son irresponsables y sensacionalistas y deforman la imagen del mundo indígena pues: “en su cultura y su experiencia de fe no cabe el suicidio porque siempre le encuentran sentido a la vida aún en las circunstancias difíciles. Es un pueblo que resiste y lucha por ser autosuficiente y, ante la emergencia, sale a buscar lo necesario para vivir sin desesperación alguna. No esperan sentados, sino que caminan para buscar el alimento para que su pueblo siga vivo”. Aunque una despensa y la ayuda pueden ser ahora oportunas, no podemos olvidarnos que “este momento difícil es producto de rezagos desde décadas por no haber afrontado la situación con seriedad y con visión de futuro. El mundo indígena ha sido olvidado y las promesas de fuentes de trabajo a largo plazo han sido sólo palabras bonitas por intereses partidistas y asistencialismos interesados.  Aún hoy, en muchos sectores, se mira al indígena de arriba hacia abajo, como si fuesen objeto de lástima. Esto es un grave pecado, porque no hemos dejado que ellos sean sujetos de su historia”, Y nos reta a que afrontemos esta crisis con sentido de solidaridad y organizadamente, transformándola en una oportunidad para ser más humanos y más hermanos. “Los pobres nos pueden humanizar siempre que los veamos como hermanos y aprendamos de ellos”.  No se trata de dar una limosna para apaciguar nuestra conciencia, urge transformar estructuras injustas.
Con palabras y obras.
¿Cómo hace su presentación Jesús en sociedad? Después del pregón de Jesús anunciando la cercanía del Reino, San Marcos hoy nos lo describe dando sus primeros pasos y presentándose tanto delante de sus discípulos y personas sencillas como ante las autoridades religiosas y políticas que empiezan a descubrirlo. Esta primera escena  es colocada en Cafarnaúm, pequeña ciudad a orillas del lago de Galilea, cruce de culturas, punto fronterizo y cosmopolita, que llegará a ser especialmente entrañable al convertirse en el centro de sus operaciones. Nos presenta a Jesús resaltando dos aspectos que estarán íntimamente unidos en toda su vida: la predicación y la liberación de la enfermedad. Su enseñanza, bella y cercana, se ve confirmada por su acción, como dos rasgos indisolubles que lo manifiestan como verdadero Mesías. Jesús no sólo dice palabras, sino que es la verdadera “Palabra” que libera y da vida. Recoge las promesas que encontramos en la primera lectura (Dt)  y se nos presenta como el verdadero profeta que revela los designios de Dios Padre. Sólo en Jesús encontramos la plenitud del profeta que es fiel a Dios y que es fiel al hombre. Sólo en Jesús encontramos la coherencia plena entre lo que predica y lo que obra. Confirma con su presencia que el Reino de Dios está cerca, pues es una realidad presente y operante en esta vida. No es un profeta de visiones ajenas al dolor del pueblo, se encarna en su sufrimiento y le da nueva vida.
Restaurar la vida
Jesús anuncia la llegada del Reino y este anuncio va asociado directamente a la curación de los enfermos. Las curaciones son signo que prueban la cercanía del Reino que se hace presente ya en la actualidad, interesándose por el ser humano en lo más básico y elemental: curación de todo achaque y enfermedad, devolviéndole la salud y la vida. No olvidemos que esta misma misión y estas mismas señales son las que identificarán a sus discípulos. Nosotros hoy tendríamos que tener muy claro que no seremos verdaderos profetas si no luchamos por una vida integral para todos los hermanos. Lo que Jesús quiere de su comunidad de discípulos es que defiendan la vida y alivien el sufrimiento de todos los hermanos. Pero enfermos y endemoniados van estrechamente unidos, porque las expulsiones de demonios y las curaciones son cosa idéntica para el hombre judío. Los sufrimientos y los males en general se consideraban estrechamente ligados al demonio y a las fuerzas maléficas. El enfermo era no sólo una persona que sufría en su cuerpo, sino que además era juzgado como impuro y condenado por la sociedad. Y Jesús al hacer presente el Reino se interesa por la persona plena, en su salud, su dignidad y su vida entera. Todo mal y toda enfermedad esclavizan y atan a la persona, y Cristo viene a liberar a la persona íntegra. Así que no siempre serán exorcismos los que haga Jesús pero todos sus signos sí serán liberación del mal y de la opresión. Ante el mal presente en nuestras realidades resuenan las palabras del salmo: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”
Sordos y ciegos
En nuestro siglo tan lleno de luces tenemos más miedo a las posesiones y buscamos más los exorcismos que una verdadera liberación del mal. Y tendríamos que tener muy claro que el demonio se nos mete en todos los ambientes y en todos los terrenos, hasta disimular su presencia a veces con toques de heroísmo, dignidad o verdad. Quizás muchos digamos al igual que los demonios del hombre del evangelio: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazareth?” Quizás también nosotros nos hagamos los disimulados ante su palabra, y pasemos de largo ante las situaciones “diabólicas” de hambre y de injusticia que se viven actualmente. Ante el dolor nos volvemos sordos y ciegos. Cristo no permite ni la esclavitud, ni el hambre, ni la indiferencia ante el dolor humano. Calla a los demonios y libera a los hombres. No estará a gusto en cualquier ambiente donde el hombre sea sometido por las fuerzas del mal, tengan el nombre que tengan: progreso, discriminación, autoritarismos, conveniencias. Cristo viene a liberar hoy, aquí, en medio de nosotros. Como cristianos que intentamos seguir a Jesús hemos de traducir este “milagro” a nuestro tiempo y circunstancias. El reto en nuestros días es hacer “milagros” que, al igual que el de Jesús, humanicen, dignifiquen y liberen. Necesitamos expulsar los demonios de la pobreza, la mentira y de la corrupción, necesitamos sanar a nuestra sociedad de la ambición y del materialismo, necesitamos una lucha abierta contra las drogas y la violencia. Necesitamos rehabilitar al hombre y hacerlo nuevo. Estas serían las palabras de autoridad que cada uno de nosotros tendría que pronunciar  para proclamar que el Reino de Dios está entre nosotros.
Ciertamente la palabra de Jesús es exigente y descubre el corazón, pero es la única que nos dará la verdadera vida y libertad. Purifica y sana, pero hemos de abrirle el corazón. En este día pensemos: ¿cómo estamos acogiendo esta palabra de Jesús? ¿En qué forma ejercemos la autoridad? ¿Qué “milagros” hacemos que dignifican a las personas y hacen creíble la presencia del Reino en medio de nosotros? Sin temores, con sinceridad y audacia, porque Cristo está con nosotros.
Padre Bueno, concédenos acoger con un corazón abierto las palabras de tu Hijo y traducirlas en “milagros” que hagan creíble la presencia de su Reino en medio de nosotros. Amén

 

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